miércoles, 3 de mayo de 2023

MIS CABALLOS: Marqués


Este fue mi primer caballo. Marqués. Lo compré en una cuadra de Marbella que regentaba Antonio Portales, en agosto de 1998. Tenía 15 años. De raza Hispanoárabe (entonces los llamaban caballos cruzados). Era de pequeña alzada pero muy temperamental. Estaba domado a la vaquera y tenía el hierro de Gavira.

Con este caballo me inicié en la monta y aprendí algunas nociones de cómo montar a la vaquera. En realidad el caballo me enseñó a mí. Lo disfruté mucho en mis paseos por el campo y en la pista. 

El caballo estaba desahuciado en la cuadra pues a su anterior dueño le pareció demasiado fuerte para montarlo a la vaquera. Pasados unos meses cuando vieron que en mis manos el animal progresó evolucionando positivamente, quisieron comprármelo, y no quise venderlo.
 
Como en todos los órdenes de la vida, ambos, necesitamos de un tiempo para entendernos. En realidad yo más pues aunque me gustaba montar a caballo lo único había montado hasta entonces, de adolescente eran los mulos que tuvo mi padre, a los que ponía al galope, y la burra, con la que saltaba las acequias en una haza del pueblo.

 Una vez, a la entrada de un túnel, el caballo se negó a pasar y lo obligé, como consecuencia de mi insistencia el animal se puso de manos, le tiré de las riendas bruscamente y los dos caímos en la misma bocana del túnel con tan mala suerte que mi pierna izquierda se quedó atrapada entre el suelo y el caballo pero con el estribo en mi rodilla, que del golpe en la caída me produjo un esguince.

Tras este suceso nunca más tuve un problema con el caballo, es más nuestro entendimiento fue completo.

El caballo confiaba en mí y yo en él, exigiéndole jornadas intensas y caminatas por lugares insospechados. Subiendo cerros, explorando barrancos, y yendo por veredas sinuosas y de riesgo.

En una ocasión estando de paseo cerca de las obras de la autovía de Marbella a Málaga, junto a la cuadra, le hice bajar por un terraplén con la mala fortuna de que caímos a una poza de barro. Yo no vi que las grietas que había al final del terraplén eran una trampa, pues el barro se había secado y yo pensé que era la costra de un charco embarrado por el que podíamos pasar sin peligro. En realidad era una poza abandonada de agua y tierra hecha barro que se estaba secando con la fuerza de la canícula. La constructora de la autovía la había hecho como desagüe y la había abandonado pero no la había sellado, con lo que era un peligro. Lo cierto es que el caballo me advirtió de ese peligro pero como insistí, su nobleza y la confianza que los caballos ponen en sus jinetes le hizo tirar hacia adelante.
La caída fue dramática. Nos hundíamos. Nadie oía mis gritos de socorro porque la poza estaba debajo del paso elevado de la autovía. Marqués se hundía poco a poco en aquel barro colorado y yo con él. Ya le llegaba al cuello y a mi por la cintura. Por la densidad del barro los movimientos eran imposibles, pero conseguí asirme con los dedos de la mano izquierda a la orilla de la poza y con ese apoyo pude incorporarme encima de la montura. Ya le llegaba el barro al hocico a Marqués cuando pude saltar desde el caballo a tierra firme y una vez Marqués liberado de mi peso pudo moverse un poco más y comencé a tirar de las riendas con lo que el caballo pudo ir saliendo poco a poco del pozo.
Cuando llegamos a la cuadra, andando, los dos cubiertos hasta las orejas de barro, las miradas de sorpresa y susto fueron comunes a todos los que allí se encontraban. El caballo colorado, la montura echada a perder, el borreguillo, los bastes. Yo chorreando de barro y de miedo. 
La empresa constructora terminó tapando aquella poza que era un completo peligro.

A causa de una epidemia de pulgas en aquella descuidada cuadra, decidí abandonarla y llevarme los caballos (a esas alturas ya tenía una yegua más que compré para mi hijo) a una parcela en la que estaba un amigo. Ello supuso un compromiso más con ellos pues ahora sería yo quien cuidaría de ellos diariamente. Darles de comer y de beber, y montarlos.

Nuevos territorios y lugares descubrimos juntos. Los Manchones, Rio Verde, El Ángel, Nagüeles, el arroyo de las Piedras, la ermita de los Monjes.

Marqués murió en la parcela de Los Manchones el 13 de octubre de 1999 a causa de una imprudencia mía. La tarde noche anterior dejé amarrado el caballo en un olivo porque al día siguiente (14 de octubre) el herrador iría temprano. Cuando llegamos su cuerpo ya estaba frío y lacerado a causa de haberse liado con la cuerda del cabezón y no haberse podido incorporar. Se había maniatado y con una parte de la cuerda alrededor de la nuca. Por la brega de querer zafarse creo que se descoyuntó. 

Un triste final para tan magnífico caballo que me había salvado la vida y que por mi inexperiencia provoqué sin querer su muerte.

Aquel hecho me produjo una inmensa tristeza que tardé en curar.